De Padres Heridos a Hijos Ansiosos: La Sobreprotección como Síntoma de Abandono
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Imagina la siguiente escena: tu hijo de siete años sube a la estructura más alta de juegos en el parque. Lo observas desde la banca. Mientras otros niños trepan, ríen o tropiezan sin mayores consecuencias, dentro de ti se enciende una alarma visceral: se te corta la respiración, las manos te sudan, sientes una punzada helada en el estómago y una urgencia apremiante de gritar: “¡Bájate de ahí, te vas a matar!” o correr a sostenerlo aunque él no lo haya pedido.
O imagina cuando tu hija adolescente llega de la escuela visiblemente desanimada; en lugar de acompañar su tristeza, tu mente se dispara en un torbellino de pánico: asumes que está sufriendo un rechazo insoportable, llamas de inmediato a la escuela o intentas resolver mágicamente su problema para que no sienta ni un ápice de incomodidad.
En la consulta psicoterapéutica especializada en trauma y apego, atiendo con frecuencia a madres y padres agotados, invadidos por culpa y una sensación de no saber cómo hacerlo bien. Vienen con la creencia de que son “muy protectores”, “muy entregados” o “muy empáticos”.
Sin embargo, cuando rascamos la superficie de esa hipervigilancia parental, lo que suele revelarse no es un exceso de amor hacia el hijo, sino la propia herida de abandono del adulto proyectada sobre la vulnerabilidad del niño. No está viendo el dolor real de su hijo; está mirando, a través de sus ojos, el dolor no resuelto de tu propio niño interior que alguna vez se sintió desamparado, solo o emocionalmente desasistido.
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La Mecánica de la Proyección: Ver tus propios fantasmas en el cuarto de tus hijos
La psicoanalista Selma Fraiberg llamó a este mecanismo de proyección los “fantasmas en la habitación de los niños”. Fraiberg postuló que cuando los padres no han integrado y procesado el dolor, el rechazo o el aislamiento vivido en sus primeros vínculos, esos traumas no resueltos se introducen en la crianza diaria.
Cuando tu hijo experimenta una pequeña dosis inevitable de soledad, tristeza, aburrimiento o fracaso social, tu cerebro interpreta la escena no como un hito normal del desarrollo infantil, sino como una reactivación traumática idéntica a la que tú sufriste. Si tú fuiste un niño con cuidadores emocionalmente inaccesibles, fríos o impredecibles, ver a tu hijo llorar por no haber sido invitado a una fiesta no representa una simple frustración escolar; para tu sistema nervioso autónomo representa el colapso, la exclusión y la muerte social que tú viviste en soledad.
En ese instante, la sobreprotección emerge como un intento compulsivo del adulto por rescatarse a sí mismo a través del niño, sofocando la experiencia real del hijo para calmar la angustia interna del progenitor.
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El apego ansioso y la hipervigilancia
Desde la Teoría del Apego creada por John Bowlby, sabemos que el estilo de apego de los cuidadores determina la calidad del puerto seguro que ofrecen a su descendencia.
En las investigaciones clínicas de Mary Ainsworth y posteriormente en el desarrollo de la Adult Attachment Interview de Mary Main, se constata una verdad incómoda: los adultos con apego ansioso o desorganizado tienden a reproducir patrones de sintonización distorsionada. La sobreprotección es, en esencia, la manifestación parental del apego ansioso.
Un padre o una madre con herida de abandono suelen operar con un sistema nervioso en constante hipervigilancia.
El hogar se convierte en un espacio de vigilancia constante: las notas escolares, las amistades, los cambios de humor y hasta el apetito del hijo. No se permite que el hijo tropiece, fracase ni experimente fricción relacional.
El mensaje implícito que la mente parental genera es: “Si controlo todo su entorno, le evitaré el dolor que a mí me destruyó”. Sin embargo, esta dinámica —conocida en la literatura contemporánea como crianza helicóptero o hiperparentalidad— no genera seguridad, sino una profunda desregulación compartida.
El Costo para el Hijo/Hija
Como expone el psiquiatra e investigador del trauma Dr. Bessel van der Kolk en sus estudios sobre la neurobiología del desarrollo, la verdadera resiliencia no se construye evitando la adversidad, sino contando con una figura de apego que funcione como corregulador mientras el niño atraviesa la adversidad. Cuando un progenitor sobreprotege motivado por su miedo al abandono, le roba al menor la oportunidad de consolidar su propio sentido de agencia, autoeficacia y tolerancia a la frustración.
Al intervenir antes de tiempo para evitarle cualquier incomodidad, el mensaje que inconscientemente internaliza el hijo no es “mi padre me ama mucho”, sino: “mis padres no confían en que yo pueda sostenerme solo”.
Estos niños desarrollan una marcada ansiedad por separación, dificultades crónicas para tomar decisiones en la adolescencia y una baja tolerancia a los límites ajenos. Paradójicamente, la necesidad desesperada del progenitor por blindar al hijo del sufrimiento acaba programando en el niño una incapacidad para navegar el mundo real, dejándolo expuesto, en la adultez, a las mismas dinámicas de dependencia y vulnerabilidad que se intentaban eludir.
Desde el abordaje de la Terapia Familiar Sistémica de Murray Bowen y Salvador Minuchin, este fenómeno describe un fallo crucial en el proceso de diferenciación del self (el convertirse en una persona autónoma).
En las familias donde impera la herida de abandono, suele haber una tendencia al enredo o amalgamamiento (enmeshment): los estados emocionales del progenitor y del hijo se fusionan de forma indistinguible. Si el hijo está triste, el padre colapsa; si el hijo busca espacio personal, la madre se siente rechazada y abandonada una vez más.
El Dr. Gabor Maté subraya repetidamente que la necesidad biológica más elemental en la infancia es el apego seguro, pero la segunda necesidad vital es la autenticidad y la individuación.
Cuando los límites se vuelven difusos por la sobreprotección, el hijo asume inconscientemente una carga transgeneracional: la responsabilidad de mantener regulado emocionalmente al adulto. El niño aprende a reprimir su propia agresividad sana, sus ganas de explorar y su independencia para no activar la herida de abandono de su cuidador.
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Wanda Bennasar
Psicóloga Clínica y Psicoterapeuta Sistémica y de Trauma (EMDR)
Contacto: wbennasar@gmail.com / +507 6679-2006 (Panamá)
Instagram: @psic.wandabennasar
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Referencias Bibliográficas
Ainsworth, M. D. S., Blehar, M. C., Waters, E., & Wall, S. (1978). Patterns of Attachment: A Psychological Study of the Strange Situation.
Bowlby, J. (1988). A Secure Base: Parent-Child Attachment and Healthy Human Development.
Fraiberg, S., Adelson, E., & Shapiro, V. (1975). Ghosts in the nursery: A psychoanalytic approach to the problems of impaired infant-mother relationships.
Maté, G. (2022). The Myth of Normal: Trauma, Illness, and Healing in a Toxic Culture.
Minuchin, S. (1974). Families and Family Therapy.



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